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sábado, 26 de noviembre de 2016

ACCIDENTE DE UN DC-8 DE AEROPERÚ EN 1980



La madrugada del 1 de agosto de 1980 fue completamente distinta a las otras para los habitantes de los pueblos de San Bartolo Ameyalco, Santa Rosa y San Mateo, al sur de la ciudad de México. La tranquilidad en la zona sería alterada las primeras horas de aquel húmedo viernes sin que nadie imaginara lo que venía.

En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México el Centro de Control recibió el llamado del vuelo extra de Aero Perú operado con un avión de Aeronaves del Perú que descendía para completar la llegada “Coapa”, que era el procedimiento de vuelo establecido para algunos vuelos procedentes de Sudamérica. La voz de Eduardo Sayan, copiloto de la nave, fue escuchada, indicándole las instrucciones de llegada al aeropuerto. El avión, un Douglas DC-8-43 construido en 1960 había despegado del aeropuerto “Jorge Chávez” de la ciudad de Lima, Perú, para internarse en aguas del Océano Pacífico en su ruta hacia México, ingresando por el sur del territorio nacional y descender como hasta ese momento, sobre el VOR de Tequesquitengo, Morelos.

En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México el Centro de Control recibió el llamado del vuelo extra de Aero Perú operado con un avión de Aeronaves del Perú que descendía para completar la llegada “Coapa”, que era el procedimiento de vuelo establecido para algunos vuelos procedentes de Sudamérica. La voz de Eduardo Sayán, copiloto de la nave, fue escuchada, indicándole las instrucciones de llegada al aeropuerto. El avión, un Douglas DC-8-43 construido en 1960 había despegado del aeropuerto “Jorge Chávez” de la ciudad de Lima, Perú, para internarse en aguas del Océano Pacífico en su ruta hacia México, ingresando por el sur del territorio nacional y descender como hasta ese momento, sobre el VOR de Tequesquitengo, Morelos.

El avión, de silueta blanca y línea de color rojo había pertenecido a Alitalia, empresa con la que tuvo la matrícula I-DIWA cuando salió de fábrica. Equipado con cuatro motores Rolls Royce Conway 509, esta fue la única serie de los DC-8 en usar esta clase de motores turbo fan. Vendido posteriormente a International Air Leasing, el -1143- tuvo diferentes operadores hasta que en 1978 dejó su rol transportando pasajeros para ser convertido a avión de carga. Fue así como llegó a Aeronaves del Perú, empresa con la cual volaba a diferentes ciudades, siendo Miami y Ciudad de México sus más frecuentes destinos en aquella época.

Esa noche, el avión, registrado con la matrícula peruana OB-R-1143, número de serie 45598 y bautizado como “San Martín de Porres” movía una carga consistente en fertilizantes y base de alimento para animales, viajaban abordo: Enzo Oliva, piloto; Eduardo Sayán, copiloto; Hugo Escobar, ingeniero de vuelo y los pasajeros Antonio Vía, Willy Bernal, Ricardo Tonabem y Rubén Palazín. Conforme el avión descendía sus luces se apreciaban en el firmamento, incluso desde la Torre de Control del aeropuerto capitalino se tuvo contacto visual con el avión. Iniciado el procedimiento del llegada, el DC-8 descendió a 11 mil pies, fue instruido a completar la llegada publicada y se le proporcionó a los pilotos la ultima corrección altimétrica. El tetra reactor ingresó por el Sur de la ciudad, cruzó la parte central y se alejó hacia el Noroeste para completar un Arco DME de 8 millas por la izquierda para la pista 05. Enfrascados en los procedimientos propios de su profesión, los pilotos colacionaron las instrucciones del controlador de transito aéreo para completar la fase final de la llegada al aeropuerto, sin embargo una desafortunada -interpretación- de las instrucciones llevó al Aeronaves del Perú a alejarse no 8, sino 18 millas mientras descendía a 9 mil pies, llevando el avión hacia la cadena montañosa que se extiende al Poniente del Valle de México.

Una aparente falta de atención a las comunicaciones y los ajustes del altímetro, la negrura de la noche, un banco de nubes bajas y el destino, los llevó directo al Cerro Lilio. las copas de los árboles fueron cortadas cual navaja por las alas del DC-8, ya nada su podía hacer, el final había llegado. El avión de Aeronaves del Perú se estrelló contra la montaña, estallando en mil pedazos y causando instantánea muerte a sus siete ocupantes, un estruendo retumbó en toda la zona despertando a los moradores de los poblados vecinos. Hubo quien pensó que había sido una bomba, otros, vieron un resplandor sobre la montaña, los menos, escucharon el agudo sonido de los motores que se ahogaron ante la explosión.

A los pocos minutos, el aeropuerto de la Ciudad de México notificaba a los servicios de emergencia sobre la pérdida de contacto radial con el avión, cuando estaba a menos de cinco minutos de aterrizar; los protocolos fueron puestos en marcha mientras se comenzaban a recibir llamadas sobre una gran explosión al Sur-poniente de la ciudad. Con los primeros rayos del sol se elevaron los helicópteros de la Policía, cuadrillas por tierra buscaban la ubicación del sitio del impacto, poco a poco se fue develando la tragedia, el avión despedazado y semi calcinado humeaba en lo alto de la montaña.

Los cuerpos de socorro llegaron al lugar donde poco pudieron hacer, el aparato de 140 toneladas de pesos se había reducido a escombros. Aquel 1 de agosto de 1980 el “San Martín de Porres” dejó de existir, los pedazos del avión quedaron en el paraje, donde los campesinos de la región cargaban sus mulas con partes de aluminio para venderlas como desechos metálicos y ganarse unos cuantos pesos. Los motores destrozados por el impacto fueron arrojados con el tiempo al fondo de una cañada donde por años fueron la atracción de los pocos senderistas de la época, otros intentaron sacarlos para vender el material que conservaba gran peso, pero las condiciones ortográficas del lugar terminaron haciéndoles desistir.

Esos pocos restos fueron cubiertos hace menos de cinco años por una base de concreto que se construyó para controlar la corriente de agua que llega a lo que hoy son zonas habitadas de lo que fue un gran bosque, sepultándolos para siempre como mudos objetos del suceso que hace 34 años puso en alerta a diferentes sectores en la capital del país, pasando este DC-8 a los libros de accidentes aéreos como uno de los de mayor envergadura en la Ciudad de México.

1 comentario:

  1. Por favor señor Lavon dé los crédito correspondientes al artículo publicado en Aviationmex de donde tomó el texto. Gracias

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